$PREAD $ALARIAL

 

$PREAD $ALARIAL

Diferencial, así se resume la brecha existente en los países de Hispanoamérica, una brecha que trasciende los elementos culturales; se trata, a grosso modo, de una forma de gestionar la empresa más importante de una nación: la familia. Esta empresa está a merced de las manos devoradoras de gerentes (aunque el término resulta insuficiente para expresar la incapacidad de dichos dirigentes), quienes, al verse inmersos en grandes riquezas naturales, condenan a su país a las miserias más devastadoras de los diferenciales.

El salario, cuya etimología se remonta a la sal, se disuelve—al igual que ésta en el agua—en el alto costo de la vida que exige conservar, al menos, un poquito de dignidad en la utopía denominada “vivir”. En este contexto, las capacidades operativas y estructurales de las distintas naciones son similares; sin embargo, en su política monetaria y fiscal predomina el mesías del intervencionismo. Se juega con el criterio de la economía del bienestar, pero sin considerar que el bienestar está, en realidad, supeditado a la capacidad estructural de un país para atender las necesidades básicas de la nación. Sus macro presupuestos son la envidia de cualquier teoría económica, y las partidas de gasto social son el mejor ejemplo de la receta keynesiana aprendida; pero ello no es suficiente, pues es necesario trascender hacia un proteccionismo nacionalista (quería decir nacionalsocialista, pero no quiero desvirtuar el escrito) que, en su teoría, busca proteger al individuo de las manos devoradoras de sí mismo.

En Venezuela, por ejemplo, se puede observar el sistema de pensiones más “digno” (y aquí va mi sarcasmo) del mundo, aunque su asignación monetaria no supera los 20 dólares al mes. Esto es como decir que existe una tasa de alfabetización superior al 98%, pero que la calidad de lectura de los alfabetizados no supera el 5%.

Esto es lo que denominó “el sesgo político”: la manera en que se revelan datos que, aunque políticamente correctos, son estructuralmente una falacia del sistema. Para ello, tomaré un breve ejemplo. Imagina que el Estado (todopoderoso) anuncia un incremento del 50% en el salario mínimo, que en este ejemplo se sitúa en 100 dólares; es decir, que el nuevo ingreso pasa a ser de 150 dólares, y, al mismo tiempo, declara un aumento del 25% en el precio de la canasta básica de consumo. Sin embargo, este Estado sitúa el precio de la canasta básica en 400 dólares, y con ese incremento pasaría a 500 dólares. ¿Qué dato presentará el Estado?

Se anunciará un gran incremento del 50% en el salario y un pequeño aumento del 25% en la canasta básica. Pues, de igual manera, se refleja la brecha salarial en cada nación, donde se intenta subsistir con un salario artificial, que es devorado en gran medida por la inflación. Un salario que, siendo optimistas, no representa más del 40% del costo de la vida.

Ese mismo fantasma recorre el mundo para convertir en esclavos a una masa que no se rebela (es decir, que no usa su mente) en pos del crecimiento económico, sino que se sumerge en un estado repetitivo de acción, dentro de una estructura totalmente artificial de supervivencia.

Quien, en su incapacidad para dirigir los destinos de una economía, no sabrá jamás conducir el equilibrio de las familias; este error es la falla total de un sistema muerto que recurre únicamente al populismo (de ambas partes) para plagiar de miseria el fruto del esfuerzo laboral.

No hay aparato productivo, y el sistema comunista necesita cada día a más pobres.

 

Econ. Víctor Pérez




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