"De los pintxos del norte, a las migas del sur"

La fuerza de trabajo está supeditada al intercambio voluntario de acción o intelecto, que, en contraprestación prendaria, genera ingresos considerados como salario. Es una utopía creer que el mercado se autorregulará y que la producción del trabajo con respecto al salario en sí mismo puede manejarse a través de bandos equitativos.

Aquí interviene el todopoderoso Estado (en este caso, creo que sí es necesario) para regular las condiciones mínimas de ingreso establecidas por la actividad desempeñada. Sin embargo, el problema no radica en estos mínimos, sino cuando el Estado, promotor de la igualdad social y de los derechos de los trabajadores, pretende que hay “igualdad” en el sistema mismo, a veces —y solo a veces— inyectando variables de medición (baremos) que permiten cualificar la dignidad del ingreso que merece tu fuerza productiva.

Esta complejidad en la remuneración laboral también está condicionada por la legislación que establecen los países en cuanto a esa supuesta protección al trabajador, imponiendo grandes cargas económicas a los dueños de los medios de producción, lo que, de alguna forma u otra, condiciona la base bruta de ingresos a la capacidad remunerativa del individuo.

Esta panacea no va a cambiar, pero lo curioso son las bandas de desigualdad a las que nos enfrentamos diariamente en los mercados laborales, debido a factores que van desde la misma estructura económica hasta la ubicación geográfica del centro laboral. Dichas desigualdades están condicionadas por la propia historia de esas estructuras, pero también influye la idiosincrasia del entorno.

En El espíritu de las leyes de Montesquieu se observa matizada una teoría que puede influir de alguna manera en la interpretación geográfica. A grosso modo, ese apartado menciona que el clima condiciona las capacidades productivas de las personas, basándose de forma simplista en que, en climas cálidos y de calor, hay un mayor grado de pereza e improductividad, mientras que en climas de temperaturas más bajas, la necesidad de enfocarse en algo produce en el hombre una reacción que genera una mayor necesidad productiva. Es así como vemos que la causalidad de la presentación muestra no solo los factores que influyen en estas diferencias, sino que el carisma de su propia ejecución demuestra que dicha estructura también es un fenómeno geográfico.

Lo que sí viene a definirse con los planteamientos anteriores es que los bloques de desigualdades salariales no están supeditados a una necesidad opresora de despojo y/o explotación de la mano de obra del hombre por el hombre; esta es consecuencia de la misma dinámica social y de la estructura que sus propias características han generado en el planteamiento de cada uno de los factores que llevan a producir.

El coste de la vida no es la única influencia en la fuerza laboral y su capacidad de consumo; tampoco la determinación del tiempo como prolongación de la actividad cimenta las bases de la competencia laboral, que hoy nos lleva a comer migas y, tal vez mañana, si la estructura de competencia fuera más justa, nos permitiría comer pintxos.

Econ. Víctor Pérez




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