DESAM-PARO
Tierra, capital y trabajo son las bases clásicas de los factores de producción, pilares fundamentales que determinan el fortalecimiento o debilitamiento de la estructura del mercado productivo.
En la actualidad, los nuevos criterios para evaluar los factores de producción incorporan la innovación como punta de lanza del crecimiento y la sostenibilidad económica. Cada uno de estos aspectos lleva al aparato productivo a establecer mecanismos de autorregulación para adaptarse a las exigencias del ser productivo en un mundo en constante cambio.
Pero, ¿qué está pasando con el factor trabajo? ¿Por qué cada día parece estar más desamparado?
La realidad global nos muestra que el modelo productivo basado en la fuerza laboral tradicional está quedando obsoleto. La dinámica laboral está siendo reemplazada por criterios artificiales de "dinero rápido", sustentados en el manejo de redes sociales y otros mecanismos intangibles de productividad. No hay un verdadero fomento al empleo, ya que la propia dinámica económica empuja hacia una productividad basada en la acumulación de riqueza inorgánica. Esto significa que el dinero ya no proviene de los factores productivos habituales, sino de mecanismos fiduciarios desvinculados de los bancos centrales.
Este fenómeno constituye una pseudo forma de mercado libre, sin garantías reales de productividad, agravada por políticas laborales ineficientes que no logran consolidar un mercado de trabajo rentable.
Se ha implementado un modelo en el que todo está diseñado para cumplir un rol específico "un tornillo para una tuerca", pero que al mismo tiempo paraliza la capacidad creativa y de innovación. Además, la necesidad de independencia de las nuevas generaciones refuerza la percepción de que el trabajo asalariado es una forma estéril de ingresos en una carrera interminable por la supervivencia. Frente a esto, el mercado ofrece alternativas de "dinero fácil" que no requieren esfuerzo, basadas en formas artificiales de generar lucro.
Por otro lado, las políticas económicas vigentes desangran la capacidad productiva de los empresarios, haciendo poco rentable la contratación de fuerza laboral debido a los altos costos asociados. La relación entre mayores beneficios y menores costos, clave para la productividad, queda anulada. Para los trabajadores, el empleo también se percibe como una opción sobrevalorada, especialmente en contextos como el español, donde es más viable asegurarse un puesto como funcionario o recurrir al subsidio por desempleo, aprovechando la incapacidad del sistema para atraer al sector privado.
Esto no es un acto de crítica gratuita. Si consideramos que el sistema de ayudas fomenta la mediocridad de la fuerza laboral —que opta por el mínimo esfuerzo ante un Estado "todopoderoso" que incentiva una sociedad dependiente—, la situación es aún más preocupante. Es más rentable promover la ayuda social y cargar con impuestos asfixiantes que incentivar el empleo productivo a través de políticas fiscales flexibles y el impulso a la industrialización.
Esta enfermedad de la improductividad solo condena el futuro de quienes esperan un retiro digno. Así, los principales afectados por los altos índices de parálisis productiva son, irónicamente, los mismos trabajadores.
Estamos siendo testigos de la creación de un monstruo de mediocridad basado en la dependencia del Estado. Hemos retrocedido a una forma moderna de esclavitud, en la que la productividad se ha convertido en una utopía, mientras el esfuerzo del trabajo ya no representa un camino hacia la libertad financiera, sino un espejismo cada vez más lejano.
econ. VP



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