EDITORIAL 2021 (LXIX)
El año trascurrió con tantos desaciertos, que el mundo visualiza un cambio que es imposible detener. Las secuelas de una pandemia que no tuvo piedad al sistema generó la evidencia de una recuperación que solo se ralentiza a la ingenuidad del mercado de valores.
Las temporadas parecen que no fomentan el crecimiento de la producción sino la inversión especulativa al ingreso inversor. La propiedad pasa a ser un segundo plano para que la estimación de parámetros econométricos se conviertan en una realidad de poco avance. No hay camino para el crecimiento porque la productividad es la única vía que contrarrestar la crisis.
La burbuja sigue inflando y el efecto del cebado se materializa en mayores necesidades de inversión; la fuerza laboral es cada día más precaria en las oportunidades y la academia se extingue en un ámbito de crecimiento y desarrollo social.
El sistema ha venido mutando y esta variación solo depende de las formas en que la teoría de la evolución permita que el que mejor se adapte siga una vida que probablemente sea obsoleta al próximo ciclo económico de largo plazo.
La variable desempleo sigue siendo el malvado de la historia, este es una forma de control ante el sistema que poco o nada puede hacer con la perspectiva del futuro.
Es un mundo de soñadores y utópicos incautos, que a través, de la mejor versión de expectativas futuras, lleva al nuevo ciclo a una vorágine de esperanza en la materialización de la añorada “riqueza”.


Comentarios
Publicar un comentario